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Martes, 29 de noviembre de 2005

Up With People (o el sabotaje en el 121)

De un tiempo a esta parte compro chicle. Nunca antes lo había hecho, nunca desde la eficaz advertencia de mi profesor de Inglés en 1º de BUP, allá al otro lado del océano. Él se llamaba Martín (aunque se hacía llamar Martin, con pronunciación inglesa). Martin M. era peculiar. Aseguraba que había sido el primero en España en pinchar R.E.M. en una radio -era el momento del Losing My Religion-, odiaba "Los 40 Demenciales" con toda su alma, y una vez me regaló un single de vinilo de los Kinks por aplicación musical -todo consistió en que sabía quiénes eran los Who-. Es decir, Martin M. es el tipo que me descubrió a los Kinks, y por eso le tengo mucho aprecio. A pesar de que no le he visto desde que tenía 15 años -yo, no él-.

El caso es que Martin M., una vez, disertó en clase sobre las malas costumbres de los yanquis -esto también me gustaba de él-. Y dijo que los viejos iban a ser todos unos babosos, después de pasarse la vida mascando y mascando chicle sin parar. Esto lo gestualizó a la manera evidente, pero muy exagerada. ÑAAAAM ÑAAAAM ÑAAAAM. Y después se llevó las dos manos a la barbilla, puso cara como la de Viggo, el malo de Los cazafantasmas 2, y estiró las manos hacia abajo como si en verdad le estuvieran chorreando babas por todos lados. Grotesca, toda la estampa. Y convincente.

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De un tiempo a esta parte compro chicle. Creo que lo hago para evitar en lo posible el sabor a polución que se me junta en la boca aquí en MVD. No me había pasado en otro lugar. La polución que hay aquí dejaría sin efecto la kryptonita. Así que hace dos o tres semanas pensé que estaría bien llevar siempre a mano un paquetito de Chiclets Mentol para, llegado el caso, no sentir que mi boca es un garaje.

Por distintas circunstancias, todas ellas ajenas a mi voluntad, los últimos días en MVD están resultando, cómo decirlo, poco placenteros. Me cabreo mucho. Y una de las cosas que más me hacen "entrar en conflicto", como denominaba un amigo psicólogo, es el ómnibus 121, que une Ciudad Vieja con Punta Carretas. El 121 es lento, lento, lento, lento. Lento con avaricia. Mucho más lento que el caballo del malo. Lento con delito. Sé que en Montevideo hay muchas cosas peores, pero el 121 es malo a diario, lo siento. Siempre está ahí, recorriendo San José a cinco minutos por semáforo.

Hoy iba comiendo chicle, mascando ÑAAAAM ÑAAAAM ÑAAAAM. Iba en el último asiento de atrás, más elevado que el resto porque está sobre la rueda. Veía a todos. Nadie me veía a mí -porque estaban todos de espaldas-. Nadie salvo el tipo que vende los boletos, con quien he mantenido un interesante duelo visual. Él me miraba como si supiera que iba a hacer algo, con sospecha, con un cierto aire de superioridad, como "te crees tú que vas a hacer nada en este autobús, mierdecilla". Un poco a lo Lee Van Cleef en sus duelos con Clint Eastwood. Yo le miraba sólo porque lo tenía delante, tropezaba con él, pero su insitencia me ha dado la idea.

Ha sido cuando estaba a punto de empezar a cobrar a los pasajeros que subían en la tercera parada de Bulevar Artigas. Me he sacado el chicle de la boca, con poco cuidado. He maniobrado con los dedos pulgar, índice y corazón de la mano izquierda. He manoseado, jugueteado con el chicle hasta que ha quedado una bola perfectamente consistente y visible. Entonces, lo he pegado en el asiento y he salido por la puerta de atrás, aún abierta, con un saltito muy imponente, así como resultón, bien hecho, casi atlético.

(Una tontería, seguro. Pero ha sido mi pequeño acto de rebeldía contra el 121, ómibus que espero empezar a perder de vista pronto. Una tontería, pero me he sentido endiabladamente bien).

Todo ha mejorado después, porque en mi aparato musical portátil ha empezado a sonar el extraño himno Up With People, del extraño grupo de Nashville Lambchop. He sonreído, he dado el paso más firme, he respirado hondo, me he reído finalmente, y he cantado a MVD
Up our lives today
Up our lives today
Up our lives today

Por: espía extranjero | General | Comentarios (3) | Referencias (0)

Comentarios

Cuando viajas en el metro más limpio de Europa, como es mi caso, te da hasta pena pegar chicles bajo el asiento. De todas formas, cuando la noble villa amanece bajo el grisáceo manto de la lluvia -tres de cada cuatro mañanas- a todos nos entran impulsos asesinos. Un día, confieso, me colé sin pagar. Merezco un azote. ¿Alguna voluntaria?

eltiomark | 30-11-2005 12:48:26

Sólo he ido dos veces al fútbol. Y una de ellas me aburría tanto que pegué un chicle en el casco de un policía antidisturbios que estaba en la tribuna de abajo, extrañamente al alcance de mi mano.

nomeacuerdo | 30-11-2005 13:12:14

Hay alguien que es mi héroe.
Aayyyy desequilibrante.

Cheeshire Cat | 01-12-2005 22:13:37

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